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Por qué me llamo Alexia

----Por Schw. María Alexia

 

 

Soy religiosa y deseo contarles mi pequeña historia. En mi Congregación antes de pasar al noviciado se presentan a la Superiora tres nombres de santas o de santos, para que, junto con el Consejo General, elijan uno de ellos como nombre de religión.

Esto es importante, porque no se trata de llevar un simple nombre, sino de esforzarse en el futuro por imitar las virtudes de ese hombre o de esa mujer santa.

Yo no me había decidido todavía por ningún santo en particular cuando llegó el día en que debíamos partir para  nuestro retiro espiritual. Había decidido llevarme el libro El santo de cada día, cuando recordé  una historia que había leído hacía algún tiempo en un devocionario mariano, sobre una niña que se llamaba Alexia y que estaba muy enferma, a la que su mamá encontró diciéndole a Jesús algo así:

-Jesús ya no te quiero, porque cuando te pido un favor para otros, me lo concedes; pero ahora que me siento tan mal y te estoy pidiendo para mí, no me escuchas…. ¡Ya no quiero ser tu amiga!

Su mamá, al escucharla le dijo, sorprendida:

-Pero, ¿qué estás diciendo, Alexia?

 Y Alexia, riéndose, le contestó:

-No es cierto, mamá: ¡Jesús sabe que yo se lo digo de broma, jugando!

Esa conversación me  impactó, a ver la gran confianza que Alexia tenía con el Señor y comencé  a buscar un libro sobre su figura para leerlo en el retiro. Gracias a Dios encontré uno, titulado Alexia, experiencia de dolor y amor vivida por una adolescente. Me lo leí en una noche, de corrido, y durante aquellos días pensé mucho en ella. Al final, decidí que ése sería mi nombre: Alexia.

Pero cuando me preguntaron en qué nombres había pensado y les dije que Alexia, se quedaron asombradas, porque no se trataba de una santa canonizada. Entonces me preguntaron por otro nombre:

-María Jesús –dije, sin pensarlo demasiado.

-No es posible;  en Alemania se alocan si te llamas así, porque  nadie se llama Jesús: sólo el Hijo de Dios. ¿Y en qué otro nombre has pensado?

Al decírselo me dijeron que tampoco resultaba oportuno, ya que había otra hermana que se llamaba así. En vista de lo cual me propusieron:

-Mira: piénsatelo de nuevo, y dentro de tres días nos lo dices.
El día siguiente – el 1 de noviembre del 2006- era la Fiesta de todos los Santos y la pasamos en retiro y en silencio, sin hablar.  Yo estaba en preparación para mi toma de hábitos y estuve meditando una frase de nuestro santo patrón, san Vicente de Paúl: "Qué poco se necesita para ser santo: hacer la voluntad de Dios”.

Esa frase me evocó otra de Alexia que comencé a decir como jaculatoria todos los días, cada vez que iba a la capilla, al igual que  ella hacía:

-Jesús… ¡que yo haga siempre lo que Tú quieras!

Y  comencé pedirle al Señor que supiera aceptar siempre su  Voluntad, como hizo Alexia; en los tiempos de alegría, de salud y prosperidad; y en los tiempos de enfermedades, de dolores y de pérdidas de seres queridos...

Al día siguiente, muy temprano –eran las cinco y media de la mañana- sonó el intercomunicador del noviciado. Era la superiora, que quería hablar con la maestra de novicias. Y  cuando me dirigía a la capilla grande para rezar Laudes, vinieron las dos y me hicieron señas para que me acercara. A continuación me llevaron a una salita, me pidieron que me sentase y me dijeron:

-Lourdes: tienes que aceptar la Voluntad de Dios, al igual que hizo Alexia. Tu hermano acaba de fallecer.

Me quedé sin palabras y comencé a llorar. Fui a estar con mi familia y al regresar al convento me enteré de que habían aceptado mi nombre. Le di gracias al Señor por ese don y dije a Alexia: “Estoy segura que usted y mi hermano fueron cómplices en esto,  y que ahora se conocerán en el Cielo”.

Mi Congregación tiene una gran devoción a la Virgen Maria bajo la advocación de la Medalla Milagrosa, y por esa razón todas llevamos el nombre de María. Y ahora soy la Schw. (que quiere decir hermana en alemán) María Alexia.

 

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