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Carta abierta a Moncha, madre de Alexia
 

 

26 de junio de 2008

Querida Moncha:

Perdóname por mi falta de respuesta a la carta que me enviaste el 28 diciembre de 2005. Pero más vale tarde que nunca, y hoy, 26 de junio de 2008, con tres años de retraso –perdón de nuevo-, lo hago por fin y a corazón abierto.

Recordarás que durante las Navidades de 2005 te escribí, como de costumbre, para felicitarte las Pascuas, rogándote que rezaras por Junichi, un amigo mío japonés y le pidieras a tu hija Alexia que intercediera ante el Señor para que le concediera el don de la fe. Me contestaste el 28 de diciembre, cuando se cumplían cinco años de la muerte de Paco.

“También yo te envío mis mejores deseos y mi oración por Junichi –me contabas en tu carta-; aunque esta tarjeta la recibas ya pasada la Nochebuena, quiero que sepas que he cumplido tu encargo y espero que Alexia haya sido activa.

Mi enfermedad sigue progresando y ya sólo espero la llamada del Señor, con paz y llena de alegría.

Te abrazo: Moncha”
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Y poco después de recibir tu carta te fuiste a ese lugar donde llegan sólo las cartas del corazón.

Si Alexia fuese un limón...

Te contesto hoy, cuando la Iglesia celebra la festividad de san Josemaría, un santo al que le debemos tanto los cristianos corrientes, porque nos recordó, con su vida y con sus palabras, una verdad que tu hija Alexia vivió maravillosamente: todos, todos sin excepción, podemos -¡y debemos!- ser santos en el marco sencillo de nuestra vida cotidiana, sea cual sea nuestro trabajo, edad y situación.

Recuerdo una carta tuya, fechada el 5 de diciembre del 2002, en la que me agradecías que hubiese incluido a tu hija en un libro que acababa de publicar, dentro del elenco de personas fallecidas con fama de santidad que habían buscado la plenitud de la vida cristiana con el carisma de san Josemaría.

Me decías, hablando de tu hija Alexia: “Ella, jurídicamente, no ha pertenecido a la Obra, pero como decía su padre: si Alexia fuese un limón y se exprimiese, saldría Opus Dei”.

En todo caso -me comentabas- y “sin duda alguna, es un fruto más, entre miles y miles”, de la santidad de san Josemaría. Y concluías con un frase que te agradezco de todo corazón: “Hoy, aniversario de su marcha al Cielo ¡17 años ya! te encomendamos especialmente a su intercesión”.

 

Con sentido cristiano

¿Y mi amigo el japonés?, te preguntarás, aunque me imagino que este tipo de noticias correrán como la pólvora donde te encuentras (ya lo sé, no es un lugar, pero de algún modo tenemos que entendernos). Pues… efectivamente, tu hija Alexia estuvo muy activa (¡y tú también, Moncha!) y el Señor le concedió esas mismas Navidades el don -el milagro- de la fe y la gracia de la conversión.

Ya sabemos que todo esto (el don de la fe, la gracia de la conversión, el poder de la oración, la intercesión ante el Señor, etc.) suena a chino a los oídos de muchos.

Es comprensible, porque sin fe en Dios, ¿que es una plegaria? Un simple brindis al sol. Sin fe en el Cielo, ¿qué puede significar la palabra “intercesión”? ¿El recurso a lo fantástico, a lo maravilloso, a lo mágico?

Sin un sentido cristiano de la vida, ya lo sabemos, la aceptación del dolor y del sacrificio uniéndose a la Cruz de Cristo parece masoquismo; y a muchos les resulta algo absurdo y casi escandaloso, incomprensible.

Y no faltan los que, incapaces de comprender el escándalo de la Cruz y todas estas realidades sobrenaturales, pretenden descifrarlas mediante claves meramente humanas, psicológicas y sentimentales.

No es que nosotros –me refiero a los que seguimos por aquí abajo- lo entendamos todo y del todo: el dolor y la Cruz sigue siendo un misterio. Pero confiamos en lo que nos enseña el Crucificado. Esa es la disyuntiva: confiar en Él, como hizo uno de los ajusticiados que le acompañaban en el Calvario, o considerar sus palabras una farsa ridícula, como hizo el otro.

 

Una conversación con Paco

Recuerdo una conversación que tuve con Paco, en un viaje que hicimos en coche desde Segovia a Madrid en 1995. “Es curioso –me decía-. Moncha y yo le dimos a Alexia la misma educación que al resto de nuestros hijos". Y cuando llegamos a la Plaza de Castilla, Paco me contó que había estado la semana pasada en un colegio de niñas hablando de Alexia y que al terminar se le había acercado una pequeña y le había dicho:

-Pues yo no sé si quiero ser como Alexia, porque ya se ve que para ser santo hay que sufrir mucho…

“Ahí está la clave -me decía Paco-: todos tenemos que sufrir en esta vida, queramos o no queramos. La diferencia no está en el cuánto, sino en el cómo: podemos sufrir estoicamente; podemos sufrir rabiando y maldiciendo; y podemos sufrir amando y desagraviando, como Alexia”.

Estoy de acuerdo con Paco: sólo un amor abrazado al madero de la cruz –donde murió por cada uno de nosotros un Dios Hombre Enamorado- puede explicar la paz y la alegría de vuestra hija en medio de los terribles dolores de su enfermedad.

 

Un asunto "privado"

Paco me contaba que no sabía qué hacer para quitarse de en medio, porque verdaderamente -me decía-, ¿qué pintamos Moncha y yo en toda esta historia? Todo lo que le sucedió a Alexia, contaba, fue “un asunto privado” entre ella y el Espíritu Santo.

Fue ella y sólo ella la que le dijo que sí, con toda su alma, al Amor Dios; y fue el Amor de Dios –el único que hace los santos- el que se adueñó de su corazón hasta límites insospechados…

Cuando nos acercábamos a vuestra casa de la calle Galileo le dije a Paco que me divertía veros en una situación de desconcierto muy parecida a la de un matrimonio italiano con el que había estado poco antes en Florencia. La Iglesia se estaba planteando abrir la Causa de Canonización de su hija, lo mismo que os había sucedido a vosotros; y al igual que a ellos, ni a Moncha ni a ti se os había pasado por la cabeza, en vida de vuestra hija, pensar en nada semejante: “¿mi hija, santa de altar?”

Paco y tú contemplábais asombrados como el buzón de vuestra casa se llenaba cada día, y se sigue llenado aún, con cientos de cartas provenientes de los países y lugares más insospechados, con relatos de personas que cuentan los favores que han obtenido de Dios y que atribuyen a la intercesión de Alexia.

Todo esto roza el misterio, aunque hasta cierto punto sea humanamente inexplicable. Porque, para qué negarlo, la vida de Alexia es muy conmovedora; pero también es muy conmovedora la de Ana Frank y yo no sé de nadie, entre millones y millones de lectores, que la haya elegido como intercesora ante el Señor. Es un fenómeno diverso, que se sitúa más allá de la simple admiración o del sentimiento pasajero.

Como era previsible, ni Paco ni tú lograsteis “quitaros de en medio” porque la devoción a Alexia se va extendiendo por los lugares más insospechados y el buzón de vuestra casa sigue abarrotado con cartas que cuentan favores y gracias espirituales casi un cuarto de siglo después de su muerte.

Pero no puedo dejar de decirte una cosa, Moncha: pienso que en todo esto tú tienes gran parte de culpa. Estoy de acuerdo con lo que decía Paco: la historia de Alexia fue fruto de su libertad enamorada; pero eso es cierto sólo… hasta cierto punto, porque contó con una maestra que la enseñó a enamorarse de ese modo.

Te delataste a ti misma, sin quererlo, en el último renglón de tu carta, cuando te estabas muriendo y me escribías: “ya sólo espero la llamada del Señor, con paz y llena de alegría”.

Evidentemente, el Gran Maestro de tu hija fue el Amor de Dios; fue ella y sólo ella la que decidió abrazarse libremente a la Cruz de su Hijo; fue ella la que decidió recorrer el camino de la aceptación plena de la Voluntad divina, con todo el entusiasmo de su juventud, hasta exprimirse como un limón; pero yo sigo pensando, qué quieres que te diga, Moncha, que de tal palo tal astilla; y que el Espíritu Santo encontró en ti y en Paco, para llevar a cabo su faena en el alma de vuestra hija, dos magníficos ayudantes.

 

José Miguel Cejas