Conocí a Alexia cuando tenía siete años, porque empezó a asistir a un Club de actividades extra escolares del que yo era monitora.
Tenía muchas amigas y las animaba a ir al Club, pues a pesar de sus pocos años, se daba cuenta de lo bien que les venían a las niñas las clases de catecismo y las charlas de formación que recibían. Además, había otras actividades, y entre ellas Alexia había elegido las clases de cocina y las de sevillanas que llegó a bailar con mucha gracia. (...)
Lo primero que hacía al llegar al Club eran los deberes del colegio. Nunca había que recordarle que los hiciera.
Nunca faltaba a las charlas de formación, y si alguna niña alborotaba le daba pena que no escuchase con atención lo que a ella consideraba muy importante e incluso le parecía una falta de respeto hacia la profesora. (...)
Era muy familiar. Con mucha frecuencia hablaba de sus padres y sus hermanos, y en su orden de valores creo que lo primero eran Dios y su familia.
La última vez que la vi y a estaba enferma. Era el Domingo de Resurrección y le llevé un cestito con un huevo de Pascua. A pesar de lo incómoda que debía de estar -llevaba pocos días operada- lo agradeció con la mejor de sus sonrisas.
Cuando se lo entregué, me dijo sin inmutarse y sin perder la sonrisa: "Lo siento, no puedo tomarlo en las manos". Yo me quedé impresionada, pues no me di cuenta de que no podía moverlas; pero lo que más me conmovió fue el que lo manifestase con naturalidad, sin darle importancia y sonriendo. Su madre se apresuró a tomarlo diciendo lo bonito que era.
Cuando se la llevaron a Pamplona, le escribí y siempre me contestaba. Como ella no podía hacerlo, le dictaba las cartas a su madre. Son unas cartas alegres, llenas de esperanza y de cariño, en las que dice que reza por mí y envía recuerdos a todas las del Club.
Inmediatamente después de su muerte, empecé a encomendarme a su intercesión, convencida de que su breve vida había dejado poso, y que había sido consecuente con su condición de cristiana en grado heroico. (...)
Amparo Gómez Fungairiño